• Merce Villegas

¡El Dios en el que me niego a CREER!

Actualizado: 22 de mar de 2018



Aunque para mí ya es un tema del pasado, confieso que llegué a estar mucho tiempo de mi vida confundida con el tema Dios y el tema Religión pues nací en el típico hogar donde se te dice que Dios te va castigar, que eso es pecado, que hay que temerle como señal de respeto, que las penitencias, que había que rezar el rosario o ir a misa para sentirnos más cerca, que desde que nacemos somos pecadores por culpa de lo que hicieron otros, que ojo por aquello del infierno, que el diablo esta siempre esperando el momento para tentarnos, mejor dicho, confieso que con todas esas amenazas no fue que me abstuve mucho de cometer pecado alguno, pero si me invadía el temor.


Estoy convencida que vivimos en la cultura del miedo, donde muy pocos se atreven a seguir el camino que les indica su corazón por temor a Dios, temor al qué dirán, temor a ser rechazados, temor a no ser amados, etc…

Me da tristeza ver como se ha usado a Dios como un instrumento más de temor que de AMOR, como a los niños se le imparten estas enseñanzas con las que Dios nada tiene que ver, enseñanzas que más que acercarnos nos alejan, y lo digo por mi propia experiencia, porque me siento mucho mejor, más en Paz y feliz con ver, sentir y amar a un Dios que no tiene una religión, un pueblo o una raza preferida, un Dios sin ira, me siento más en paz y feliz con un Dios que solo se podría calificar con una única palabra: AMOR , incluso ahora las veces que me equivoco me siento mucho más acompañada y cerca de él que nunca, siento que al Ser AMOR no me juzga ni mucho menos me castiga, solo siento su comprensión, compasión y ayuda incondicional, desde el temor me sentía separada y juzgada, desde el amor siento que estamos indisolublemente unidos, que no existe espacio en mi vida para temerle sino para amarle y sentirme amada en todo momento.


Hoy siento que ese Dios llamado AMOR lo único que pide y exige de mi es que sea feliz y que me goce mi existencia plenamente y para ello nos regaló el libre albedrío, para tomar las decisiones que sean necesarias para lograrlo. Me niego a creer en un Dios que juzga nuestras elecciones, por mucho que creamos que sean equivocadas, porque al final toda elección nos lleva a un camino de aprendizaje y de madurez para acercarnos a nuestra plenitud como ser humano, y cada uno de nosotros construye esa plenitud a medida que se siente más cerca a la alegría, el amor y la gratitud por vivir. Me niego a creer en un Dios que te quiere ver deprimido y triste por no tomar las decisiones correctas para alcanzar aquello que te hace feliz.


No creo que tenga algo de malo en tener una religión y en darle forma a nuestras creencias, yo misma tengo mi forma y el nombre para aquello en lo que creo, en lo que no estoy de acuerdo es que lo hagamos desde religiones que nos dividen, que nos hagan entrar en guerra juzgando la forma como la otra persona ha decidido creer y darle sentido a su vida.


Sin duda en este caminar de los seres humanos para encontrarnos con quienes somos realmente a algunos nos ha tocado llegar muy hondo para convertirnos en seres humanos más conscientes y eso no merece la crítica ni mucho menos el sentimiento de culpabilidad que no es más que otro invento del hombre para sentirnos superiores, para buscar como siempre diferenciarnos y situarnos en posiciones de privilegios que nos separan.


Cada proceso y camino de vida merece respeto, porque en cada circunstancia vivida hay un don y en cada experiencia por difícil que sea se esconde un gran tesoro. Debo decir que he aprendido que para amar a otro ser humano no necesitamos saber ni su religión, ni su condición social, solo necesitamos verlo a los ojos y sentir que es otro ser humano con las mismas necesidades, emociones y sentimientos como nosotros y que el sentido común nos dice que todos tenemos derecho a ser felices, respetados y amados más allá de las diferencias que podamos inventarnos, mejor encarguémonos de no juzgar sino de mantener nuestro propio criterio y dejar que los demás sigan el suyo.


Me niego rotundamente a creer en un Dios que

nos llama pecadores incluso desde el

momento más puro de nuestra vida, que es cuando nacemos y somos su más grande y pura expresión. Me niego a creer en un Dios sin compasión que en el momento en que nos equivocamos, que es la única forma que hemos demostrado que podemos aprender, nos llame pecadores, me siento tranquila de saber que tengo el libre albedrío y que Dios haría cualquier cosa menos hacernos esclavo de su voluntad, es por eso que no podremos culparlo a El de nuestros resultados que no son más que la consecuencia de nuestras elecciones.


Mi invitación finalmente es a conectarte con tu fuente divina a través del amor, que no te sientas culpable, pecador, que encuentres una forma como sentirte cerca a tu divinidad de encontrar el camino de la alegría, la compasión y la comprensión.

355 vistas1 comentario